I
¿Cómo puede ser que te hayas establecido, en lo profundo de mi?
¿Cómo fue que esquivaste todas las tampas de mi estúpido ego, y te adentraste aún más?
Te me aparecías en sueños, y yo dejaba de ser el protagonista. Era la criatura más vulnerable de ese mundo tan ajeno y tan propio a la vez. En vida, mi yo-para-conmigo-mismo, te enterraba día y noche.
En el mundo onírico, estaba desnudo, y no caminaba ya.
Dentro del Templo, había erigido un Santuario, donde en silencio me ofrecía a ti, mi único Dios, inmaculada.
¿Qué clase de necio, de ciego crónico, podía creer que incendiando los jirones intangibles de tu recuerdo harían de mi un ser insensible?
La trampa. La criatura del exterior se tornaba más y más hacía el silencio frío. Él, por su parte, atrofiaba todo sentimiento de compasión.
La magia se derramaba. El Reino se desvanecía.
El Estanque, vaciado ya de milagros, dejaba al descubierto los planes de la Oscuridad, como un relámpago que ilumina y congela el instante en el que me empequeñecía, y los lobos se apoderaban de mi.
Eras mi único ídolo, mi hechicera fiel.
Mudaré el Santuario y erigire un nuevo Templo.
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